lunes, 18 de febrero de 2013

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"Con la civilización hemos pasado del problema del hombre de las cavernas al problema de las cavernas del hombre."
Edgar Morin




Entrada: "Por órden alfabético" Jorge Herralde
Vino de la casa: "Monsieur Teste" Paul Valéry
Plato principal: "The book of writers" Elvio Gandolfo
Postre:"El viento ligero en Parma" Enrique Vila-Matas




Por orden alfabético
Jorge Herralde
Anagrama, 2006
ISBN 978-84-339-0787-5


Los textos compilados en este volumen son, al igual que los de Opiniones mohicanas, homenajes a autores y colegas, a modo de crónica personal, una forma de entender y practicar la edición en el cambiante paisaje de las últimas décadas, y también una prolongación, una suerte de cara B, del catálogo de Anagrama. Entre los autores españoles y latinoamericanos figuran nombres tan representativos de la editorial como Carmen Martín Gaite, Pombo, Pitol, Vila-Matas, Chirbes, e incorporaciones más recientes como Piglia, Pedro Juan Gutiérrez, Villoro, Alan Pauls, Alonso Cueto, Kiko Amat y Alberto Méndez, el autor de Los girasoles ciegos. Entre los escritores traducidos, Nabokov, Cohen, Bourdieu, Highsmith, Magris, Tabucchi, Baricco, Balestrini, Kapuscinski, Barnes, Sharpe, Bukowski, Carver, Tom Wolfe, Arundhati Roy, Catherine Millet y Lanchester. Algunos textos están dedicados a editores que son también escritores y desde luego amigos: Jesús Aguirre, Castellet, Calasso, Esther Tusquets, Pániker y Vallcorba. Y amigos o colaboradores históricos como Clotas, Jordá, Zaforteza o Terenci Moix protagonizan perfiles más detallados y con mayores tonalidades autobiográficas, mientras que El Roto recibe un homenaje tan breve como entusiasta.


Monsieur Teste
Paul Valéry
La balsa de la medusa, 1999
ISBN: 9788477742982


Monsieur Teste, compendio de breves ensayos que Valéry elaboró a lo largo de treinta y cinco años, constituye en su conjunto un todo literario en el que destacan, sobre todo, la polifonía y el polimorfismo y en cuyo pretendido objetivo de conformar una definición del pensamiento no sujeto a causa moral alguna (original, único, prístino; esto es: hipérbole de la consecución utópica) vierte Valéry todos sus esfuerzos para, a la postre, poner de manifiesto, antes que nada, el extraordinario dinamismo de sus ideas.







The book of writers
Elvio Gandolfo
Caballo Negro Editora, 2010
ISBN: 978-987-24936-5-3


The Book of Writers (así, en ingles) es el último título de Elvio Gandolfo, escritor, periodista, traductor y trashumante perpetuo entre Montevideo, Buenos Aires y Rosario. Semblanzas de escritores bajo imperio de seudónimo, el lector se encontrará con una galería de personajes que le recordarán a unos, a otros, pero nunca estará seguro. Porque las semblanzas –los escritores– protagonizan historias de las cuales Gandolfo fue testigo o estuvo presente.




El viento ligero en Parma
Enrique Vila-Matas
Sexto Piso, 2004
ISBN: 978-84-935204-5-8


Hay escritores que se confunden con la literatura misma, que se desdoblan en un yo físico y un yo metafórico, formado de palabras, de frases escritas a lo largo de los tiempos por otros escritores. Enrique Vila-Matas es uno de esos hombres libro que —como Kien, el personaje de Canetti— deambulan livianos por el mundo. El viento ligero en Parma es un viaje a través de la literatura, cuyos guías, más que el propio Vila-Matas, son su conciencia, su memoria y su saber literarios.
Este conjunto de reflexiones sobre escritores, libros, películas, anécdotas y lugares es un recorrido circular por el filo que separa la ficción de la realidad, donde ambas se confunden y son la vida misma. Con una prosa exacta, Vila-Matas narra sus impresiones sobre escritores como Bolaño, Gombrowicz, Beckett, Pitol, Pessoa, el pintor Vicente Rojo, etcétera, al tiempo que se va apropiando de ellos y los vuelve parte de su cotidianidad, la única cotidianidad que puede ser vivida por este escritor: la literatura.




sábado, 16 de febrero de 2013

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"Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro."
Groucho Marx


Entrada: "El fanático de la ópera, etnografía de una obsesión." Claudio Benzecry 

Vino de la casa: "La maldicíón de Jacinta Pichimahuida" Lucía Puenzo 

Plato principal: "Piratas de textos. Fans, cultura participativa y televisión." Henry Jenkins

Postre: "Ciberespacio y resistencias.Exploración en la cultura digital."
AA.VV. / Silvia Lago Martínez (compiladora)




El fanático de la ópera,etnografía de una obsesión
Claudio Benzecry  
Siglo XXI, 2012
ISBN 978-987-629-214-6


Que hay quienes van a la ópera por amor no es ninguna novedad; lo interesante es comprender qué es el amor por algo, cómo funciona, cuándo empieza, cómo se alimenta y se constituye. Para despejar estos interrogantes, Claudio Benzecry ingresa al mundo de los pisos altos del teatro Colón de Buenos Aires y conversa con el público que ocupa el paraíso y la tertulia de pie. Basado en trabajo de archivo, observación participante y entrevistas, este libro analiza cómo un producto cultural usualmente considerado esotérico, exclusivo y excluyente se convierte en una parte sustancial de la identidad personal.

Mientras que la mayoría de las respuestas sociológicas sostienen que la clase predice el acceso a un tipo de capital cultural, o describen los modos en que el consumo de alta cultura puede intercambiarse por conexiones, recursos y posibilidades de movilidad social, este libro elige tomar “el amor por” de manera literal. Pero va mucho más allá de lo obvio y tautológico, al entender el amor como una forma social, como una carrera moral, como una narrativa que las personas construyen sobre sí mismas y como proceso de individuación.

Atento ala experiencia de los fanáticos de la ópera, Benzecry revela, con una lucidez hecha de empatía y distancia, hasta qué punto los amantes del género se conectan con una esfera trascendente, ligada al cultivo de sí mismos, de sus emociones y de sus destrezas de apreciación musical. Mediante un análisis que explora también la interacción social de los fanáticos y su relación con el resto del público y con el “afuera” del teatro, este originalísimo ensayo echa luz sobre la complejidad de la relación entre gusto, elites, clases medias y públicos plebeyos.



La maldicíón de Jacinta Pichimahuida
Lucía Puenzo 
Interzona, 2007
ISBN 978-987-1180-37-0


 La vida de los  personajes del mítico programa de televisión Jacinta Pihcimahuida, cuando ya nadie se acuerda de ellos.
• Humorístico, veloz, irónico. El gusto por la tragicomedia de enredos. Una narración entre la angustia y el deliro.
• Una complicidad evidente con las 3 generaciones que crecieron viendo la serie. Y para los que no la vieron, la introducción a una tragedia argentina.

“Sabía que tenía en sus manos un éxito, tal vez el más grande de la televisión Argentina. Algo en esos guardapolvos almidonados llenos de pequeñas glorias dispuestas a entregar el alma por la fama lo hizo sentirse joven. Inmortal. Todavía era un éxito impalpable, invisible a los ojos de la Nación, pero tan concreto -para él, su Creador- como la mano con la sostenía el primer capítulo. Desde ese día tenía títeres nuevos. No iba a haber frentes de batalla (en esa época al Autor no lo contradecía nadie). Su aparición paralizó al elenco. Se rumoreaba que él había elegido a todos mirando las grabaciones de los castings.
Eran 19 chicos.
Siete protagonistas. 
Seis bolos.
Seis extras.”

            “-¿No es demasiada casualidad que nadie haya logrado cumplir sus sueños? ¿Que nadie haya logrado ser lo que quería ser? ¿Que nuestras vidas sean un cúmulo de frustraciones? ¿Qué haya tantos suicidos, tantas muertes, tantas tragedias y enfermedades terminales? ¿Qué haya presos, drogadictos, dealers? -gritó Pepino, de pronto desatado, hablando del futuro como si pudiera verlo- ¡¿Sabés cuántos muertos hay en el elenco de Señorita maestra?!
            El tiempo no había pasado para él.
            Aunque tuviera 30 años.
            -Mirate -dijo Twiggy, con lágrimas en los ojos-. Ésta es tu maldición... No son personas extraordinarias descarriadas. Son personas ordinarias que tuvieron un momento extraordinario. Y es todo lo que van a tener. “



Piratas de textos. Fans, cultura participativa y televisión
Henry Jenkins
Paidós, 2010
ISBN: 9788449324055


El libro analiza las actividades de una comunidad (o de una “subcultura”) de reciente aparición: la de los «fans de los medios de comunicación». Este grupo abarca numerosos géneros: series dramáticas norteamericanas y británicas, películas de Hollywood, cómics, películas y series de animación japonesas, literatura popular, en especial ciencia ficción, fantasía y misterio. Con ejemplos de las actividades desarrolladas por los fans de series como Star Treck o Twin Peaks, entre otras, este estudio nos explica las prácticas críticas e interpretativas de estas nuevas comunidades de creación cultural; su interacción con los productores de contenidos; la manera en que crean su propia cultura a partir de la “caza furtiva” de los contenidos de sus programas de culto, y los conflictos que esta práctica origina con los medios de comunicación.




Ciberespacio y resistencias.Exploración en la cultura digital
AA.VV. / Silvia Lago Martínez (compiladora)
Hekht Libros, 2012
ISBN: 9789872591410


Estructurado en dos partes, Potencias de lo común y Territorios en disputa, este libro funciona como una excelente introducción para conocer tanto la historia de los movimientos de software libre y copyleft como las ramificaciones y vinculaciones de los mismos con una diversidad de prácticas culturales en nuestro país. Junto con los trabajos de investigadores jóvenes el libro incluye los textos sobre la propiedad intelectual de Richard Stallman y el manifiesto puntoComunista de Eben Moglen, ambos de amplia difusión en internet, y que permiten enmarcar las prácticas referidas en los otros artículos dentro un movimiento heterogéneo y transformador. A diferencia de lo que muchas veces ocurre con las publicaciones académicas, las cuales se conforman con reunir una serie de artículos sobre determinado tema sin preocuparse demasiado por el funcionamiento de toda la obra, “Ciberespacios y resistencias” se deja leer en su totalidad sin caer en reiteraciones ni desviarse del tema tratado. En sus páginas se reflejan las transformaciones y nuevos horizontes que las tecnologías de la comunicación abren en los campos de la música, el cine militante, el mercado editorial, la educación y la construcción misma de las identidades tanto individuales como colectivas. Es un buen libro para leer con la computadora al lado, hurgando en los diversos links que se citan y conociendo a partir de ellos una gran cantidad de experiencias, grupos de trabajo, ideas y perspectivas que comparten un mismo hilo conductor.

Dada la gran cantidad de artículos y autores sería tedioso realizar un resumen de cada uno de ellos. Todos aportan información valiosa en su tema. En particular me resultó sumamente interesante “Educación Libre y abierta”, de Franco Iacomella y Ana Marotias, sobre los proyectos educativos abiertos que rivalizan con el negocio editorial de los manuales escolares y las publicaciones científicas. Sin embargo me parece más interesante concentrarme en “Política de los afectos”, el último artículo, a cargo de Natalia Ortiz Maldonado y Marilina “Marol” Winik. La elección nos es casual. Hasta donde sé, este es el primer trabajo académico que aborda, a partir de la vinculación con el copyleft, el fenómeno social y cultural que es la FLIA, Feria del Libro Independiente. Por otra parte, el artículo puede leerse como un fragmento autónomo que refleja el todo de la obra, dado que está estructurado en base a una primera parte histórica, que cuenta los orígenes del copyleft a partir del trabajo de los investigadores en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, una continuación en la cual aparece la historia de la FLIA y una conclusión en la que se realiza un análisis crítico de las licencias Creative Commons.

Nacida como parte del efecto post-2001, la FLIA es un acontecimiento del que participan distintos tipos de subjetividades que se vinculan en un lugar y tiempo determinados. No hay FLIA más allá del momento en el que la feria acontece pero sí hay una gran cantidad de lazos y proyectos que se potencian a partir de la misma. Según las autoras: “La feria es un tumulto permanente en las antípodas del deseo neoliberal de una espacialidad fluida y transparente” (Pag. 204). En ese contexto novedoso el copyleft encontró un terreno fértil para ramificarse en diversas prácticas y reflexiones críticas en torno a la propiedad intelectual, generando inclusive una suerte de género literario en los textos que parodian los párrafos de la licencia copyright, como ocurre en los libros de la no editorial Milena Caserola.

Para finalizar, este artículo tiene una característica que es común al resto de la obra, esta es la doble participación de los autores y autoras tanto en la construcción del discurso académico como en muchas de las experiencias analizadas. No se trata de un libro neutral, escrito por sociólogos que analizan un fenómeno ajeno mediante teorías y herramientas metodológicas supuestamente objetivas, sino de una obra que en cierta medida participa de la realidad que refleja, ganando así una comprensión más íntima de los fenómenos sin perder por ello el rigor crítico ni la solidez conceptual. Esa interacción de práctica y teoría constituye la mayor riqueza de todo el libro.

Dario Semino 

Fuente: http://lalibrearteylibros.wordpress.com/2012/07/23/libro-recomendado-ciberespacio-y-resistencias/









viernes, 15 de febrero de 2013

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"La realidad es el soporte para el fantasma del neurótico."

Jacques Lacan

Entrada: "Requena"
             Alejandro García Schnetzer

Vino de la casa: "Sobre Sánchez"
                        Osvaldo Baigorria

Plato principal: "Escritor en la sombra"
                       Orlando de Rudder
Postre: "Vila-Matas portátil. Un escritor ante la crítica."
            Edición de Margarita Heredia




Requena
Alejandro García Schnetzer
Entropía, 2008
ISBN: 978-987-23508-4-0



Lanuza, Maldonado y yo lo conocimos a mediados de 1929. Como cada viernes después de clase, estábamos los tres en el Albéniz, cuando entró descubriéndose, un libro en la mano, el traje oscuro. Había dejado la bicicleta contra el árbol. Se sentó junto a la ventana y tras mirar a los lados empezó a leer moviendo los labios. Maldonado lo miraba de reojo, como para recordar si era o no del barrio. Salvo nosotros, nadie iba con libros al Albéniz. Por la confianza con que le hablaba el dueño, parecía tratarse de un vecino más. Conseguimos del flaquito Ramírez, el mozo, alguna vaga información. Nos enteramos que se llamaba Requena. 
Camino del mostrador, Lanuza se acercó a averiguar qué leía. El hombre dijo que era un libro en sánscrito, que prefería que no lo anduviéramos mirando y que si teníamos algo que preguntarle se lo hiciéramos saber. Entonces nos acercamos con Maldonado.
–Dirán ustedes.
–¿Podría decirnos el título?
–El Martín Fierro.
–¿Y lo lee en sánscrito?
–En sánscrito.
–¿Es usted hindú, por lo pronto?
–Ya no.
–¿Pero está seguro que está leyendo el Martín Fierro?
–Vagamente.
Fue entonces que supimos que aquel hombre no era alguien corriente. Creo que a partir de ese momento ya no quisimos perderlo.







Sobre Sánchez
Osvaldo Baigorria
Mansalva, 2012
ISBN: 9789871474684


“Siento la tentación de decir que éste es uno de los libros más hermosos que he leído en los últimos tiempos. Pero no lo digo porque otra tentación superior —borrar la cláusula “en últimos tiempos”— me lo aconseja.
“Un escritor que ha publicado tres novelas leídas en Buenos Aires y en París, un día, en Lima, recibe lo que cree una revelación, que lo hace abandonar todo para iniciar un periplo azaroso a fin de consagrarse a la absorción de cierta “sabiduría”. Años después, un joven que todavía no ha publicado ningún libro, aunque ha escrito algunos que firmarán otros, en Roma, alucina que le han encargado escribir sobre Néstor Sánchez.
“Este libro fascinante encierra —o libera— dos libros: una biografía parcial y una autobiografía sesgada. Y reconstruye dos viajes, dos itinerarios. El del biografiado (del bailarín pendenciero de Villa Pueyrredón y escritor suntuoso que frecuentaba la “Manzana Loca” al clochard californiano y neoyorquino) y el del biógrafo (del ubicuoghost writer que redactaba tesis para estudiantes italianos al aventurero que baña cuadripléjicos en Los Ángeles). Del ascetismo terminal de Sánchez, que había aprendido a vivir con dos dólares diarios, al pansensualismo de Baigorria, que no deja droga por probar ni mujer a la que mirar deseoso. De Nueva York a Los Ángeles, de Vancouver a Toronto, una doble road movie: mientras el celebrado autor de Nosotros dos, que ha abandonado todo (familia, carrera literaria) para seguir con devoción las enseñanzas, ciertamente extravagantes, de Gurdjieff, vive en la calle sin otras preocupaciones que cumplir con los preceptos del Maestro, el autor de Sobre Sánchez vagabundea despreocupado por América del Norte sin buscar nada (por eso, tal vez, encuentra de todo).
“Sobre Sánchez: la peripecia del biógrafo se sobreimprime a la del biografiado, e incluso coincide con aquélla, muchas veces, en el tiempo y en el espacio. Otras, no: mientras Sánchez, guarecido en un umbral, escribe con la mano izquierda, según la directiva de su Maestro, Baigorria planta árboles a destajo en Canadá. Mientras Sánchez camina por las calles nevadas y su aspecto asusta a quienes lo miran tras las abrigadas ventanas de bares y restaurantes, Baigorria salva la vida de milagro cuando en un bosque canadiense es perseguido por un oso.
“Sánchez, Baigorria. Biografiado y biógrafo. Vidas no paralelas sino perpendiculares, vidas que se interceptan en un solo punto. Ese punto —un cruce de caminos— es este libro.

Ricardo Strafacce




Escritor en la sombra 
Orlando de Rudder
Trama Editorial, 2009
ISBN: 978-84-89239-97-5 


Una mujer necesita dar testimonio de su paso por este mundo, un hombre despechado ansía desahogarse, un estudiante se ve obligado a hacer legible el colofón de sus años universitarios; estos son algunos de los personajes a los que dará voz el negro protagonista de esta obra.

Su labor consiste en escribir por encargo aquello que le soliciten: novelas, memorias, tesis, libros de autoayuda, de cocina o de artes marciales. ¿Un escritor se escribe a sí mismo? ¿Escribe para encontrarse, para encontrarse con los demás, para estar en el mundo? ¿Tiene voz propia o siempre habla por medio de otros, sean estos personajes ficticios o reales como es el caso de nuestro negro? ¿Existe alguna diferencia entre el autor, el escritor y el narrador?

Esta pregunta esencial sobrevuela a lo largo de este magnífico y lúcido ensayo, escrito en un tono entre cínico y ponzoñoso, rebosante de humor y de la felicidad que proporciona saber utilizar en «estado de gracia» la mayor herramienta de la que hemos sido dotados los hombres: la palabra. Palabra que jamás es inocente y, por tanto, fiable.

Orlando de Rudder, narrando su periplo profesional como negro, nos sumerge poco a poco en una reflexión que no por muchas veces planteada deja de ser inquietante: ¿dónde está nuestra voz? Nacido en 1950 y doctor en historia de la Edad Media, lleva a cabo una prolífica actividad de creación y desarrollo de talleres de escritura, fundamentalmente dirigidos a los adultos y trabajadores por toda Francia. En 1983 publicó su primera novela, La Nuit des Barbares, y desde entonces ha editado más de 30 obras no sólo literarias, sino también ensayos literarios, diccionarios… Escritor en la sombra plasma su larga experiencia como negro en la industria editorial. Como él mismo afirma: «Sí, lo verdadero es mentira. Defensores de las transparencias aplicadas, de las realidades consumibles, todo un pueblo de ‘escritores en la sombra’ sirve de alimento a los lectores».







Vila-Matas portátil. Un escritor ante la crítica. 
Edición de Margarita Heredia
Candaya, 2007
ISBN 978-84-934923-7-3


Los responsables de la editorial Candaya están consiguiendo que cada vez sea más indispensable tener sus títulos si uno quiere estar al día del panorama literario (donde literatura es mayúscula y no intención comercial vana). Ahora le toca el turno a Vila-Matas. Inaugura su colección de ensayo el título Vila-Matas portátil. Un escritor ante la crítica. Acompaña al libro un DVD (Café con shandy, 30'), una charla de café donde Vila-Matas conversa con Villoro, y de la que Enrique Díaz Álvarez es el responsable.

Vila-Matas portátil combina la entrevista con el ensayo riguroso; el artículo periodístico con la reflexión de escritores que comparten, tal y como indica la editorial, su gran aventura shandy. Autores que participan en el libro: Ernesto Ayala-Dip, Roberto Bolaño, Michel Braudeau, Roberto Brodsky, John Burnside, Javier Cercas, Rafael Conte, Anteos Chrisostomidis, Pedro Domene, Christ. Domínguez Michael, Ignacio Echevarría, Álvaro Enrigue, Rodrigo Fresán, José María Guelbenzu, Jorge Herralde, Paul Ingendaay, Jordi Llovet, Ray Loriga, Rebeca Martín, Ignacio Martínez de Pisón, J. A. Masoliver Ródenas, Josep Massot, Thomas McGonigle, Mercedes Monmany, Gabriele Morelli, Maurice Nadeau, Justo Navarro, Sergi Pàmies, Alan Pauls, Sergio Pitol, José Mª Pozuelo Yvancos, Soledad Puértolas, Raphaelle Rérolle, Domingo Ródenas de Moya, Ana Rodríguez Fischer, Daniel Sada, Joan de Sagarra, Antonio Tabucchi, Fernando Valls, Ignacio Vidal-Folch, Juan Villoro.







jueves, 14 de febrero de 2013

menú 14 de febrero

"Hace tiempo conviví casi dos años con una mujer hasta descubrir que sus gustos eran exactamente como los míos: los dos estábamos locos por las chicas." Groucho Marx




Entrada: Yo era una mujer casada. César Aira
Vino de la casa: Poesía completa. William Shakespeare
Plato principal: Elogio de amor. Alain Badiou
Postre: Georgie y yo. Gabriela Musachi


Yo era una mujer casada
César Aira
Blatt & Ríos, 2010
978-987-25898-0-6



Yo había vivido en el encadenamiento laborioso de las causas y los efectos. Aunque el trayecto de las unas a los otros suele ser breve como el salto de un pajarito en el césped, ese trayecto, ese saltito, se repite tantas veces al día... qué digo al día: ¡tantas veces por minuto!, que obliga a un movimiento perpetuo, sin descanso. Ese movimiento era el que me había esclavizado, había agotado mis fuerzas, me había dejado a la merced del monstruo de mi marido. [...] El remedio me lo dio la estatua. En ella, en la calma austera de sus átomos, vi cesar el movimiento, es decir [,] el tránsito de la causa al efecto. [...] en ella se encontraban (al fin) [...] la causa y el efecto. Se encontraban y se fundían en un abrazo. De ese abrazo nacía el Realismo. La causalidad no dependía de la sucesión. No había antes y después; un hecho no era causa por haber pasado antes ni otro era efecto por venir después. La causa y el efecto simplemente coincidían [...] (84-85).





Poesía completa
William Shakespeare
Traducción de Antonio Rivero Taravillo
Almuzara, 2009
ISBN: 978-84-92573-81-3

En edición bilingüe preparada y traducida por Antonio
Rivero Taravillo, la Biblioteca de Literatura Universal y Almuzara ofrecen en este precioso volumen toda la poesía del gran genio d elas letras universales, William Shakespeare. A la depurada y magnífica versión de los Sonetos, se unen poemas largos y libros de poemas como "Venus y Adonis", "El peregrino apasionado", "El Fénix y la Tórtola", "La violación de Lucrecia" y "Lamento de una amante". Una cumbre de la literatura universal.
Esta edición se inserta en el intento que llevará a cabo
Fundación BLU y Almuzara de editar la integral del genio de las letras universales.








Elogio del amor
Alain Badiou
Paidós, 2012
Isbn: 9789501265828


“Hoy en día, la opinión general es que cada uno sigue solo su interés. El amor es la prueba palpable de que esto no es así.” Desde los moralistas franceses hasta Levinas, pasando por Schopenhauer, los filósofos a menudo han maltratado el amor, cuando se interesaron por sus problemáticas, aunque más habitualmente lo obviaron como tema de sus reflexiones. No es el caso de Alain Badiou, quien nos muestra en este libro formidable que el amor es una dimensión esencial del ser humano que hay que defender de las amenazas que le plantea el paradigma de vida actual. Para este autor, el amor se encuentra amenazado por los partidarios del mercado liberal –para quienes todo es interés, pero también por sus opositores, para quienes el amor es puro hedonismo. Vivimos en un mundo en el que el amor “riesgo cero” es un correlato en el espacio íntimo de la guerra “muerte cero”. Esta es, entonces, la primera amenaza que el amor actual enfrenta: la “amenaza aseguradora”. Por medio de un tranquilizador arreglo de antemano, se evita toda casualidad, todo encuentro y, finalmente, toda poesía existencial, en nombre de la categoría fundamental de la ausencia de riesgos. La segunda amenaza que se cierne sobre el amor es la que le niega toda importancia, afirmando que se trata de solo una variante de las distintas formas del goce. Este libro es un poderoso antídoto contra estas amenazas y un placer de leer, placer que nos reconducirá al amor y a su reinvención.





Georgie y yo
Graciela Musachi
Editores contemporáneos, 2005
ISBN: 9789879729978


"Conocí a Borges en el mes de agosto de 1944, unos días antes de la liberación de París. Adolfo Bioy Casares y su mujer, Silvina Ocampo, me habían invitado a una reunión en su casa, un tríplex en la esquina de Santa Fe y Ecuador. Los Bioy —Adolfito y Silvina—, casados hacía pocos años, talentosos, atrayentes, con cualidades muy excepcionales, tenían casa abierta para sus amigos literatos. Unos meses antes, mi hermano Patricio me había presentado a Silvina, de quien era muy amigo.
La reunión iba a ser literaria y yo sentía cierta timidez. El grupo de los Bioy era más selecto, incluso más rarificado que el grupo de Victoria Ocampo, la hermana de Silvina (la menor de una larga familia, todas mujeres). En casa de Victoria, en San Isidro, uno solía encontrar gente que nada tenía que ver con la literatura: diplomáticos, estrellas de cine, políticos, un ex presidente, personas excepcionalmente acaudaladas con una debilidad por las artes, eminencias extranjeras de paso por el país, etc. Adolfito y Silvina sólo recibían a escritores o a personas que aspiraban a serlo (mi caso). En ocasiones podía haber gente que, en virtud de alguna peculiaridad interesante, se unía al grupo, hasta que su originalidad empezaba a mellarse.

Era evidente que mis méritos literarios no justificaban mi entrada en aquel círculo restringido: dos cuentos publicados en Sur y uno, en el suplemento literario de La Nación.

En esos tiempos Borges era muy apreciado en los medios intelectuales, pero el gran público no lo conocía. En la Argentina no teníamos aún esa prensa amarilla que está a la caza de personajes célebres y es cazada por los que aspiran a serlo. En líneas generales, los escritores eran «secretos». Muchos de ellos solían pagarse magras ediciones de sus obras, alrededor de unos quinientos ejemplares, que eran distribuidos entre los amigos, con dedicatorias llenas de tacto, discernimiento y esperanzas, y que eran comentadas favorablemente en Sur, Nosotros o La Nación. Había poca cosa más. Otras revistas literarias tenían una existencia breve y azarosa. Pocas lograban durar más de dos o tres números.

En Sur yo había leído La muerte y la brújula, que me había maravillado. Pero no estaba mayormente interesada en conocer a Borges: nunca me he sentido atraída por los hombres de letras.

Ese invierno (austral) de 1944 habría de ser decisivo para el mundo, incluida la Argentina. Alemania apenas podía seguir resistiendo y las tropas soviéticas avanzaban ya por el centro de Europa. El mundo estaba tomando una nueva forma, adquiriendo un nuevo tono. Las simpatías del gobierno argentino por el nazismo, casi francas en 1940, menos calurosas después de Stalingrado, se volvían cada vez más íntimas y secretas. El nazismo se desmoronaba, pero los jerarcas alemanes que podían pagar el elevado precio que se pide al ex poderoso acosado compraban nuevos refugios e identidades en la Argentina.

Un golpe de Estado en 1943 había reinstalado lo que habría de ser una larga serie de gobiernos militares. Una nueva voz, con un tono fascista modernizado, más perceptivo, atronaba desde la recién creada Secretaría de Trabajo y Previsión. Éste no es el momento de analizar el peronismo. Lo haremos más adelante, ya que la conciencia política de Borges estuvo vinculada a este trastorno social que él nunca entendió y —lo que es más— nunca quiso entender, como si entender fuera un poco aprobar. Baste decir aquí que el «peronismo» —palabra que aún no había sido acuñada— nos parecía a algunos el coletazo del tambaleante fascismo europeo.

Esa reunión en casa de los Bioy era, en realidad, más política que literaria y representaba un intento por juntar fuerzas democráticas entre los intelectuales y frenar el avance de lo que no podía ser frenado. Aquí estaban los escritores más conspicuos de ideas liberales; los escritores pronazis, o nacionalistas meramente anglófobos, eran despreciados por este grupo, pese a que tenían una relación mucho más fluida y positiva con las fuerzas reales del poder.

En medio de estas personas prominentes, yo me sentía envarada y joven. Ya roto el primer hielo, cuando las conversaciones se habían generalizado, aparecieron Borges y Bioy Casares, que hasta el último momento habían estado trabajando en la redacción de Seis problemas para Isidro Parodi, una saga de cuentos policiales que escribían juntos, en el piso bajo del tríplex.

Yo había oído que Borges no era exactamente buen mozo, que ni siquiera tenía un físico agradable. Sin embargo, estaba por debajo de lo que yo había esperado. Por mi parte, yo no le impresioné a él ni bien ni mal. Cuando Adolfito nos presentó, me tendió la mano con aire desatento e inmediatamente dirigió sus grandes ojos celestes en otra dirección. Era casi descortés. E inesperado. En aquellos días yo daba por supuesto que los hombres tenían que impresionarse conmigo.

Borges era regordete, más bien alto y erguido, con una cara pálida y carnosa, pies notablemente chicos y una mano que, al ser estrechada, parecía sin huesos, floja, como molesta por tener que soportar el inevitable contacto. La voz era temblorosa, parecía tantear y pedir permiso. Me llevó tiempo el percibir los matices y el encanto de esa voz trémula, en la cual se sentía algo quebrado.

Durante varios meses no ocurrió nada nuevo entre él y yo. Mi hermano Patricio se había ido a Oxford con una beca y, en cierto sentido, yo lo reemplacé en aquella casa, convirtiéndome en íntima amiga de Silvina. En ese tríplex lleno de libros, con las paredes cubiertas de estantes que parecían tener todo lo que se había escrito en el mundo, escuchábamos a Brahms, Porgy and Bess, música popular: Silvina y yo solíamos bailar, creando en ocasiones nuevos pasos, ya que los hombres del grupo —Eduardo Mallea, Manuel Peyrou, J. R. Wilcock, José Bianco, Ricardo Baeza— no sabían o no querían bailar. Nos reuníamos en el piso de arriba y muy rara vez alguno de nosotros bajaba. En ese santuario que era el estudio de Adolfito, Borges y el dueño de casa escribían Isidro Parodi, que iba a publicarse con el nom de plume de Bustos Domecq. De cuando en cuando oíamos las homéricas carcajadas de Borges celebrando alguna salida de sus personajes.

Isidro Parodi, el detective de estos cuentos, era un hombre entrado en años, encarcelado en la Penitenciaría de la calle de Las Heras. Tal vez el único mérito de los relatos de Bustos Domecq, que más adelante cambió su nombre por el de Suárez Lynch, fuera la gran diversión que proporcionaban a sus autores. Son relatos intrincados, confusos, con una trama engorrosa que no se desata con nitidez. Sus efectos cómicos provienen por lo general de la presentación de tics y manierismos de amigos y conocidos de los autores; el efecto era logrado cuando el lector reconocía al original, pero se perdía cuando éste no era el caso.

Menciono estos relatos —que no merecen recordarse— porque en ellos está el tema del prisionero detrás de las rejas, o el inválido, el hombre atado. El tema había aparecido ya en el magnífico Funes el Memorioso y reaparecería después en La escritura del dios. En los tres casos se produce algo desusado: el hombre viejo y encarcelado encuentra la solución a todos los enigmas que se le plantean; Funes, el indiecito de Fray Bentos, en la campaña oriental, paralítico y condenado a vivir en una cama, es capaz de ver y entender el universo; el héroe de La escritura del dios lee el mensaje divino en las manchas del leopardo que cruza todos los días, por unos pocos segundos, la abertura de la siniestra mazmorra donde él es un condenado de por vida.

Por lo general Borges se retiraba directamente, sin molestarse en subir a despedirse. Al parecer, siempre tenía prisa. Rara vez se quedaba a charlar después de trabajar con Adolfito.

Una noche de verano, antes de los grandes calores, por pura casualidad, Borges y yo salimos juntos de la casa. El aire estaba embalsamado, los jacarandás cubiertos de racimos de espesas flores lilas que, al caer formaban alfombras de color en torno a los troncos negros. Una brisa fresca soplaba desde el río. Era alrededor de la medianoche.

Borges me preguntó a dónde iba. Le contesté que a casa y que iba a tomar el subterráneo en Santa Fe y Pueyrredón, que estaba a una cuadra. Ah, sí…, él también iba a tomar el subte.

Llegamos a la estación. Ya nos disponíamos a bajar la escalera cuando Georgie se detuvo y tartamudeó: «Eh… ¿no te gustaría que camináramos unas cuadras?». (1)

Acepté de buena gana. Algo había dicho yo en el trayecto hasta la estación que le había llamado la atención. Echamos a andar, olvidados de las próximas estaciones y los horarios. Tomamos por la avenida Santa Fe. Dieciocho cuadras después, cuando llegamos a la Plaza San Martín, donde él vivía, me propuso continuar la caminata.

Le encantó enterarse de que yo vivía en el Sur. La noche era tan linda…, era una pena perderla…, además, había trenes hasta después de la una y media.

«¿Puedo acompañarte hasta tu casa?», me preguntó.

Y emprendimos la marcha hacia el Sur, que él sentía como algo vasto y libre.

No recuerdo exactamente de qué hablamos. Probablemente comentamos la situación política del país, que a los dos nos parecía ominosa. Pero había una diferencia: el peronismo era para él una pesadilla de la cual íbamos a despertar; para mí era ya algo real, que estaba a la vuelta de la esquina. Supongo que hablamos de nuestros amigos y de algunos escritores. Me acuerdo claramente de que yo mencioné mi admiración por Bernard Shaw y cité el fin de Cándida y la muerte de Louis Dubedat en El dilema del doctor. A él le gustó que yo pudiera citar en inglés y, a partir de entonces, el inglés se convirtió para nosotros en un segundo idioma, al cual él recurría en momentos de angustia o de exaltación lírica. Habíamos llegado a la Avenida de Mayo. Entramos a un bar. Yo pedí un café y él un vaso de leche. Al alejarse el mozo, él me escudriñó con la mirada, como si me estuviera viendo por primera vez (exactamente lo que estaba pasando) y dijo en inglés: «La sonrisa de la Gioconda y los movimientos de un caballito de ajedrez.»

Me sentí halagada. Ahora estaba pisando suelo firme. Borges era un hombre a quien yo impresionaba, uno más, y —al parecer— no sólo por lo que veía. Y añadió: «Es la primera vez que encuentro a una mujer a quien le gusta Bernard Shaw. ¡Qué extraño!».

No fue en ese instante, sino mucho más tarde, que entendí el sentido de esta observación, que revela la actitud de Borges hacia las mujeres en general. Para él eran frágiles «diosas» con intelectos débiles, sensibles y limitadas. Por cierto, una opinión poco original de este hombre original. Aunque se las arreglaba para ocultarlo a sus amigas mujeres, sólo sentía desdén por la literatura femenina o, mejor dicho, por lo que él consideraba que era la literatura femenina.

En todo caso, lo que yo admiraba en Shaw no era lo que él admiraba. A mí me gustaba la denuncia que hace Shaw de las mentiras y convenciones sociales, la rebeldía de algunos de sus personajes. A Georgie le interesaban las situaciones extrañas de sus dramas, como la que llevaba a un hombre intachable a cometer un crimen (Sir Colenso Ridgeon en El dilema del doctor) o al enfrentamiento que culmina en el fogoso y paradojal diálogo entre Vivien Warren y su madre, la de la célebre profesión.

Reanudamos la marcha. Aparte de ese entendimiento —que fue un desentendimiento— sobre Shaw (ahora pienso que su punto de vista era más original que el mío), no me acuerdo qué otras cosas dijimos. Sólo sé que, al llegar a la esquina de Chile y Tacuarí, donde yo vivía, él propuso, ya que estábamos «cerca», ir al Parque Lezama.

De modo que caminamos las doce cuadras hasta el parque. En total, esa noche hicimos unas cincuenta cuadras. Tomando en cuenta la longitud de las cuadras en Buenos Aires, anduvimos algo más de siete kilómetros. He sido y sigo siendo una caminadora incansable, pero nunca sospeché que Borges iba a igualarme.

Dimos vuelta al parque arrasado, que muy poco tenía ya que ver con el parque secreto, exuberante y romántico de mi infancia, con sus barandas cubiertas de jazmines, sus cercos de lirios, el perfumado rosedal en verano, con su estanque lleno de renacuajos, las glorietas techadas de madreselvas, sus barrancos y jardines de rocas. En fin, era el Parque Lezama, por lo menos, un nombre mágico para los niños de mi generación, tal vez para la de Borges.

Nos sentamos en los escalones que miran a la calle Brasil, en el ruinoso anfiteatro que quiso ser un teatro griego y fracasó en la empresa. Frente a nosotros estaba la cúpula azul, en forma de cebolla, de la iglesia ortodoxa rusa.

Aún recuerdo el juego de luces y sombras de las hojas, movidas por la brisa. En modo reminiscente, recordamos que el parque había sido propiedad privada y comentamos el paso del tiempo, el diseño geométrico de las sombras de las hojas en el suelo, los reflejos y las zonas oscuras. Todo lo que Borges decía tenía una cualidad mágica. Como un prestidigitador, sacaba objetos inesperados de un sombrero inagotable. Creo que eran sus señales. Y eran mágicas porque aludían al hombre que era, al hombre escondido detrás del Georgie que conocíamos, un hombre que, en su timidez, luchaba por emerger, por ser reconocido.

A eso de las tres y media de la mañana echó una mirada a su reloj y dijo que ya era tiempo de volver. Llamó un taxi y me dejó en casa.

A la mañana siguiente, es decir, unas pocas horas después, vino y entregó un libro a la criada que teníamos en el pequeño apartamento donde yo vivía con mi madre y mi tía. Era Youth, de Joseph Conrad. Y se fue sin verme.

Esa noche volvió para que fuéramos juntos a casa de los Bioy. Le pregunté por qué razón se había ido esa mañana sin preguntar por mí. Contrariado, me dijo que temía molestar, ser demasiado insistente. De algún modo, parecía avergonzado de los momentos poéticos e inocentes que habíamos pasado en el Parque Lezama. Repitió que no le gustaba ser entrometido y la cosa quedó ahí. Tuve la impresión de que había habido una interferencia.

Youth fue el primer libro de una serie. Ese primer gesto se convirtió en un hábito: todas las mañanas, antes de las diez, Borges me hablaba desde un teléfono público; yo oía el ruido de las fichas al caer. Incluso cuando yo no estaba en casa, venía y dejaba un libro de regalo. Si yo estaba en casa, salíamos juntos, aunque nos veíamos todas las noches para ir al cine o comer con los Bioy. El lugar de encuentro era la entrada a la estación del subterráneo en Constitución.

Cerca de Navidad, los Bioy se fueron al campo y tuvimos todas las noches para nosotros. Como es de suponerse, las largas caminatas se reanudaron. Solíamos comer en restaurantes de precios medios. Recuerdo el restaurante del Hotel Comercio Larre, un hotel para viajantes de comercio en Constitución, donde él siempre pedía lo mismo: sopa de arroz, un bife muy hecho —insistía en que debía estar muy cocinado— dulce de membrillo y queso. Y «grandes cantidades de agua» (sic). Yo pedía vino y cualquier cosa que me atrajera en el momento. Me daba la impresión de que prefería estas salidas a nuestras comidas diarias con los Bioy. Desde Constitución íbamos a Barracas, la Boca o transitábamos por las desconocidas calles que se extienden al oeste de la estación. Solíamos pasar por el siniestro manicomio de la calle Vieytes sin notar que era siniestro. Cruzábamos una y otra vez el primer puente de Constitución entre Vieytes y Hornos, por encima de los rieles; a mí me gustaba la trepidación de los trenes que entraban o partían; a él le gustaba que esos trenes fueran hacia el Sur. Años más tarde, en este mismo puente, habría de concebir y crear el poema Mateo XXV, un poema cuajado de alusiones. En una ocasión se detuvo en la esquina de Suárez y Necochea y me habló del coronel Suárez, un antepasado suyo no especialmente notable.

Algunas mañanas, cuando yo no estaba, se quedaba en casa y hablaba con mi madre, con quien trabó amistad muy pronto. Escudriñaba la biblioteca de mi hermano. Aunque siempre traía libros, lo cierto es que también se los llevaba, de tal modo que el intercambio estaba más o menos equilibrado. Según mi hermano, fue más lo que sacó que lo que trajo. En lo que se refiere a libros, tenía una naturaleza adquisitiva. Se sentaba en el suelo y empezaba a retirar libros de los estantes más bajos. Los examinaba y los leía con la página casi tocándole la nariz. (Le vi hacer esto en casa de los Bioy, en la biblioteca pública en donde era un modesto empleado y en Mackern´s y Mitchell’s, las librerías inglesas, donde era conocido y se le permitía revolver todo lo que quisiera.)

«Casi lloré esta mañana al pasar por el Parque Lezama», me escribió poco tiempo después. Yo quedé vinculada al parque, como habría de estarlo al Zoológico, a la Costanera, a Barracas, a Adrogué, a Mármol, incluso a la esquina de Belgrano y Pichincha, donde yo había nacido en una vieja casa de altos, encima de una farmacia, a la iglesia de Balvanera, donde me habían bautizado. Era inútil decirle que esa iglesia y esa esquina no me decían nada, ya que mi familia se había mudado cuando yo tenía tres meses, que en la parte oeste de la ciudad no sonaba ninguna campana para mí, que yo pertenecía a San Telmo y Montserrat, en el Este, donde la ciudad se acerca al río. Inútil. Insistía en que debíamos ir a la esquina de Belgrano y Pichincha.

La farmacia y la casa todavía estaban ahí entonces. Nos deteníamos y él contemplaba estático, fascinado, el aviso luminoso de un dentífrico, «Odol», con luces azules y amarillas.

Me quería. Yo lo admiraba intelectualmente y gozaba con su compañía."

 "Borges a contraluz" Estela Canto



miércoles, 13 de febrero de 2013

Menu 13 de febrero

Entrada: Sobre los acantilados de marmol. Ernst Jünger
Vino de la casa: De alemanes a nazis 1914-1943. Peter Fritzsche
Plato principal: La conciencia nazi. Claudia Koonz
Postre: Céline. Philippe Sollers


Sobre los acantilados de marmol
Ernst Jünger
Tusquets, 2008
ISBN: 978-84-8383-081-9


Novela visionaria y llena de simbolismo, Sobre los acantilados de mármol narra la destrucción de la Marina, un antiguo y civilizado país situado junto a las aguas, cuyos habitantes se dedican al cultivo del trigo y de la vid. Al norte se hallan los acantilados de mármol, que separan la Marina de la Campaña, donde viven los pastores. Al borde de los acantilados viven el narrador y su hermano Otón en la Ermita de las Rudas, adonde se retiraron después de la guerra que dio lugar a la disgregación en la Marina. La amenaza provenía de los bosques y del señor que allí reinaba, el Guardabosque Mayor. Un día, los dos hermanos descubren «la barraca de los desolladores»: el lugar adonde los habitantes de los bosques llevan a sus víctimas, las mancillan y descuartizan, un hallazgo que desencadenará la guerra contra las huestes del Guardabosque Mayor.

«Sobre los acantilados de mármol fue publicado en Alemania a finales de 1939», afirma Andrés Sánchez Pascual en su esclarecedor prólogo, «cuando acababa de comenzar la segunda guerra mundial, y produjo una enorme conmoción. Sus millares de lectores de entonces encontraron en él la acusación más clara y contundente contra la tiranía que en aquel momento reinaba en muchos países de Europa, no sólo en Alemania».




De alemanes a nazis 1914-1943
Peter Fritzsche  
Siglo XXI, 2009
ISBN 978-987-1220-43-4


¿Por qué los alemanes apoyaron masivamente a Hitler? Este libro expone los motivos por los cuales los nazis fueron tan populares en Alemania y desarrolla un enfoque inédito del advenimiento del nazismo que no fue, como se sostiene tradicionalmente, producto de una situación de emergencia extrema provocada por la crisis política y económica vivida luego de 1914.

Para el historiador, más que el odio y el miedo, fueron la esperanza y el optimismo los elementos apelados por los nazis que, afirmados en una corriente de entusiasmo patriótico, voluntad de participación y sacrificio llevaron a la consolidación del movimiento de masas que cambió la historia del siglo XX.

Sólidamente fundamentado, mediante una narración ágil y efectiva, que combina el uso del detalle cotidiano y el trabajo de archivo, De Alemanes a Nazis reconstruye el clima de movilizaciones callejeras, la exaltación nacionalista y la democratización de Alemania en cuatro momentos: julio de 1914, noviembre de 1918, enero y mayo de 1933. En torno de ellas se analiza el proceso de configuración de identidades políticas desde el fin del Imperio hasta la consolidación del nazismo.





La conciencia nazi
Claudia Koonz
Paidós, 2005
ISBN: 9788449317675


El concepto de «conciencia nazi» no es una contradicción de términos. En este libro fascinante, Claudia Koonz revela el modo en que, durante los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial, se desarrollaron los fundamentos lógicos y la infraestructura que desembocaron en el genocidio. Con su atenta lectura de los numerosos escritos nazis sobre el tema de la raza, nos desvela a la transformación del antiguo y visceral antisemitismo nacionalsocialista en una ideología racial que acabó fascinando a una gran mayoría de alemanes que nunca se alistaron al Partido Nazi. Entre 1933 y 1939, la cultura pública nazi se vio invadida por una mezcla de temor racial y orgullo de etnia que Koonz denomina «fundamentalismo étnico». A los alemanes de a pie los prepararon para las atrocidades de la guerra con conceptos raciales, ampliamente divulgados en los medios de comunicación, que no se percibían como políticos: investigación académica, películas documentales, revistas de amplísima difusión, higiene racial, exposiciones artísticas, conferencias con diapositivas, libros de texto, diversas manifestaciones humorísticas. . . La conciencia nazi es la crónica de los terribles avatares de un Estado moderno tan poderoso que logró abolir conceptos como los de solidaridad, respeto y, en último extremo, compasión por los que no pertenecen a la mayoría étnica.








Céline
Philippe Sollers
Paradiso, 2013
ISBN: 9789871598502


Siempre habrá un enigma, un escándalo Céline. Ya en 1939 el fatuo narrador galo de "Pierre Menard, autor del Quijote" aludía a su figura: "Atribuir a Louis-Ferdinand Céline o James Joyce La imitación de Cristo ¿no es una suficiente renovación de esos tenues avisos espirituales?". La idea era asombrosa: imaginar que el autor de El viaje al fin de la noche y de dos virulentos -y entonces fresquísimos- panfletos antisemitas había escrito línea por línea el libro de Thomas de Kempis podía dar una duplicación más sugestiva, seguramente más pavorosa, que la de Cervantes.

En Francia, la figura del médico Louis-Ferdinand Céline (1894-1961) todavía posee las propiedades de un ácido corrosivo. La brecha cronológica de los textos que Philippe Sollers reúne en este volumen prueba que no se escribía sobre él impunemente: el primero, "La risa de Céline", es de 1963, y forma parte de uno de los audaces Cahiers de L'Herne dedicados al escritor apenas murió. "Estrategia de Céline", el segundo, se publicó en Le Magazine littéraire en 1991. Sólo a partir de esa fecha Sollers, que reconoció tempranamente la difícil radicalidad del escritor, se vuelve locuaz.

"Todo el mundo se fabricó un Céline, genio o espantapájaros, vaguedades, verifiquen, nadie leyó nada o apenas", anota, mimando de manera deliberada el estilo (en su caso más inquieto que vociferante) del autor al que considera "un desafío capital para la comprensión del siglo XX" y, también, "chivo expiatorio de la monstruosidad de una época". El dilema en relación con Céline, ese "impresentable para la eternidad", sugiere Sollers, es que su obsesión antisemita (que evitó en sus novelas, vale acotar) no alcanza para ocultar el inmenso escritor detrás de su obra.

Sollers no esquiva lo anecdótico, pero orbita alrededor de la comicidad aterradora de la obra de Céline, de la "restitución emotiva" que conjura con su prosa, de la música jadeante de ese discurso vidente lanzado en tromba. Ve en Céline un maldito por definición (porque esa palabra, "maldito", puede rellenarse con veinte adjetivos distintos) y sugiere evitar un lugar común: su supuesta visceralidad. Lo que hay en Céline es una pasión imperdonable ("La sociedad perdona mucho más fácilmente las malas acciones que las malas palabras"). Su batería retórica desciende de Villon y Rabelais. El lenguaje entero es, subraya Sollers, un teclado de piano, una caja de música en busca del acorde que pueda restituir sobre la página el bombardeo sobre Hannover.

Sollers, factótum en sus tiempos de la revista Tel Quel , es un lector astuto. Sin restarles importancia a libros decisivos como Viaje al fin de la noche , recomienda la publicación de la correspondencia completa de Céline y destaca la centralidad casi inadvertida de su "trilogía alemana". Difícil no concordar. En De un castillo el otro , Norte y Rigodón , Céline narra, de manera progresivamente alucinada, su viaje de París y Sigmaringen a Dinamarca como colaboracionista en fuga. Los prodigios de la lengua proveen la inédita "pintura de una Europa destruida", arrasada por las llamas, que nadie antes ni después se atrevió a abordar con semejante furor.

En Las partículas elementales (1998), de Michel Houellebecq, comparece Sollers como personaje y, en su breve cameo inconsulto, refiriéndose a Baudelaire, le asegura a uno de los protagonistas de la novela que los grandes escritores son siempre reaccionarios. En esta reunión de textos dispersos, repite esa idea. El reaccionario Céline es, también, un revolucionario imperdonable.

La notable versión de Hugo Savino, en particular cuando traduce las citas de Céline, es digna del fraseo de algunos de los vástagos argentinos (Néstor Sánchez, Osvaldo Lamborghini) del autor de Muerte a Crédito .




sábado, 9 de febrero de 2013

Menú 09 de febrero


Entrada: El corazón es una cazador solitario. Carson McCullers
Vino de la casa: Diarios 1925-1930.  Virginia Woolf
Plato principal: Traer al mundo el mundo Objeto y objetividad a la luz de la diferencia sexual. Diótima
Postre: Los desposeídos. Una utopía ambigua. Úrsula K. Le Guin


El corazón es una cazador solitario
Carson McCullers
Seix barral, 2008
ISBN: 9789507315688


Escrita con tan sólo veintitrés años, El corazón es un cazador solitano (The Heart is a Lonely Hunter, 1940) fue la primera novela de Carson McCullers y dio a conocer la magnitud de su talento. Centrada en el ambiente de una pequeña ciudad sureña y en un grupo de personas que —en torno a la figura emblemática del sordomudo John Singer, el personaje más conseguido de esta genial autora— tienen en común la esencial soledad, su marginalidad y el rechazo de una sociedad que los ignora, El corazón es un cazador solitario es ya un clásico de la narrativa contemporánea.

Leyendo El corazón es un cazador solitario el lector no puede evitar implicarse con cada uno de sus personajes y vibra ante la experiencia de seguir a Carson McCullers en su viaje por las profundidades del alma humana. Esta pieza maestra justifica sobradamente las palabras que Graham Greene escribió acerca de su autora: «Carson McCullers y quizá William Faulkner son, tras la muerte de D. H. Lawrence, los únicos escritores con una sensibilidad poética original. Prefiero Carson McCullers a William Faulkner porque escribe de modo más claro; la prefiero a D. H. Lawrence porque no tiene mensaje.»






Diarios 1925-1930
Virginia Woolf
Ediciones Siruela, 1993
ISBN: 978-84-7844-698-8


Escritos con honestidad, agudeza y sentido de la inmediatez, los diarios de Virginia Woolf hacen aflorar esa corriente de vida que fluye incontenible detrás de sus novelas. «Yo utilizo a mis amigos más bien como lámparas: veo que ahí hay otro campo: con tu luz. Allí, una colina. Ensancho mi paisaje», nos dice, y sus palabras nombran también y dan sentido a la lectura de estas páginas. La luz de la escritora se vierte sobre los espacios, su ingenio y clarividencia iluminan ya un suceso menor en el curso de la noche –alguien robó su bolso–, ya los grandes hitos de su obra literaria. «Digo que estoy escribiendo Las olas siguiendo un ritmo, no una trama», leemos, o bien: «Orlando es un libro muy rápido y brillante, sí, pero no intenté explorar». Este volumen abarca íntegramente el período de tiempo comprendido entre 1925 y 1930. Virginia Woolf alcanzó entonces su plena madurez como escritora, consiguió una posición segura y respetada en el mundo de las letras y participó de una agitada vida social. Pese a todo, día a día siguió consignando la impresión que le causaban escritores como W. B. Yeats, H. G. Wells o Thomas Hardy, su amor por Vita Sackville-West y el de Ethel Smith por ella, sus lecturas, sus empeños, las franjas más inaprensibles de su intimidad.







Traer al mundo el mundo
Objeto y objetividad a la luz de la diferencia sexual
Diótima
Icaria Editorial, 1996
ISBN: 9788474262759


Poner el mundo a la luz de la experiencia femenina, de nuestra experiencia. Ver verdaderamente el mundo es una consecuencia interna desde los inicios de ese pensamiento de la "diferencia sexual", que constituye el principio de las investigaciones filosóficas del grupo de mujeres de la librería de Mujeres de Milán.





Los desposeídos. Una utopía ambigua
Úrsula K. Le Guin
Ediciones incógnita, 2011


Hay libros que se quedan dentro de uno y no hacen sino crecer. La ciencia-ficción es un arma arrojadiza contra lo establecido, es la culminación de la literatura como arte subversivo sin renegar de la plenitud de ninguna de sus dos condiciones; ni a la de arte ni a la de subversión. Y títulos como Los desposeídos no hacen sino confirmarlo.

Los desposeídos supone un paso más en la ciencia-ficción política porque, si bien libros como 1984, Un mundo feliz o Fahrenheit 451 son novelas de denuncia social, esta obra llega a plasmar el ideal al que las anteriores aspiran: en ella se plantea un modelo tangible y asentado de sociedad anarquista que se enfrenta abiertamente al capitalismo, fundamentalmente, pero también al comunismo de estado.

La escritora nos presenta a Urras, un planeta donde conviven varios regímenes, sobresaliendo el capitalista, y que, dos siglos atrás, expulsó a los anarquistas a su luna, Anarres. Allí, los libertarios construyeron una sociedad ácrata que se mantiene aislada pero estable. El conflicto de la novela surge cuando un habitante de Anarres, el científico Shevek, viaja hasta Urras para tratar de impulsar la comunicación entre ambos planetas.

A pesar de este apetitoso planteamiento, la novela debe tener una buena ejecución para que el libro no se quede tan sólo en buenas ideas. Y Le Guin también ahí supera las expectativas.

La obra se articula en dos líneas temporales, una anterior en el tiempo a la otra, que convergen al final. La primera de ellas nos cuenta la vida de Shevek en Anarres, el planeta anarquista y la segunda, su estancia en Urras. Esta alternancia de espacios va enriqueciendo nuestra visión progresivamente y con mucho cuidado, pues cada capítulo (dedicado a un planeta) se centra en un aspecto concreto de los personajes y/o de la sociedad. Es una estructura muy clara y efectiva.

El agudo análisis de Le Guin desmonta todo posible maniqueísmo, dotando al conjunto de una gran credibilidad. Los personajes de la novela son tremendamente complejos y ricos. En ese sentido, la figura de Shevek es una de las aportaciones más memorables. Este físico es el prisma por el que Le Guin transmite su discurso. Apoyándose en su contradictorio individualismo, la escritora construye un protagonista de gran atractivo y solidez. Asimismo, la novela guarda una inmensa galería de personajes estupendamente trabajados, tanto principales como secundarios. La dedicación con la que está tratada toda la obra también se aprecia en este aspecto.

La proyección de Los desposeídos es enorme; podemos incidir en los aspectos políticos, sociológicos o psicológicos del libro, puesto que su implicación en estos ámbitos es muy grande. No en vano, admite dos lecturas: una como obra de reflexión práctica anarquista y otra como novela de choque entre dos sociedades.

La primera se basaría en el elaborado retrato que se realiza de la civilización ácrata. Al mostrarnos plasmaciones reales de las teorías libertarias, el texto sirve de discusión y debate entre los anarquistas. Su máxima aportación, a este respecto, es el presentar este modelo como un sistema vivo, con deficiencias e incoherencias, que realzan la credibilidad de ese mundo. Es por ello por lo que el subtítulo del volumen es Una utopía ambigua; porque Anarres no es un sistema perfecto.

Los desposeídos como obra de choque entre dos civilizaciones se apoya en la perplejidad, en el extrañamiento. Le Guin recoge la incomprensión de los habitantes de uno u otro planeta respecto a su vecino. En ese sentido, es especialmente reseñable la que siente el anarquista hacia el capitalista, aspecto en el que la escritora no tiene referentes. El resultado exige un tremendo esfuerzo de empatía por parte del lector, pero es sumamente gratificante.

La novela es una exhortación a la autocrítica, al inconformismo, a poner el tela de juicio nuestras convicciones y lo establecido. Así mismo, es una abierta apología del anarquismo. Pero a un anarquismo consecuente, crítico, continuamente revolucionario.

Los desposeídos es una lectura maravillosa. Cada expresión, cada gesto, es un pequeño botón de muestra que nos revela cómo es cada civilización. Cada frase está pensada y escogida con paciencia y sabiduría, para que no haya nada indispensable y todo sea trascendente. Es una novela para degustar pausadamente, con la mente despejada.

Después de leer Los desposeídos, después de contemplar Anarres, nos damos cuenta de que la utopía aún es posible. Absolutamente indispensable.

Alberto García-Teresa





jueves, 7 de febrero de 2013

Menú 07 febrero





Entrada:  "Conversaciones con Glenn Gould" Jonathan Cott

Vino de la casa: "Escritos sobre Wagner" Friedrich Nietzsche


Plato principal: "Disonancias" e "Introducción a la sociología de la música" Th. W. Adorno

Postre: "Los géneros musicales y la cultura de las multinacionales" Keith Negus

"Mi experiencia en la música popular me
dice que los períodos de repetición y
falta de experimentación son el
fiel reflejo del tipo de administración
que tenemos en Washington. Ahora
 la música es tan conservadora
como Ronald Reagan"

Frank Zappa